¿Cine nacional?
Lo que muchos llaman el buen momento del cine argentino no es más que una casualidad: el estreno casi simultáneo de la última película de Pablo Trapero (Leonera), de la última de Leonardo Favio (Aniceto) y la última de Lucrecia Martel (La mujer sin cabeza, que recientemente postergó su estreno en salas comerciales hasta nuevo aviso).
Casualidad de tener al alcance de la mano las últimas películas de tres grandes realizadores, quizás –entre algunos otros pocos– los más importantes de la actualidad cinematográfica argentina. Ahora bien, ¿a quién le importa que casi nadie las vea? O mejor, ¿a quién le importa que casi nadie pueda verlas?
Que la entrada al cine llegue a costar 20 pesos en las principales cadenas de salas de nuestro país significa varias cosas, pero principalmente que gran cantidad de público se ve obligado a quedarse afuera de ellas. ¿Y qué hace el INCAA? Poco y nada. Eso sí, defiende los intereses de las grandes cadenas, obnubilado y encasillado en continuar recaudando la mayor cantidad de dinero posible a través de medios que, si no son ilegales, sí menosprecian y aniquilan la libertad artística nacional y su posibilidad –al menos– de poder ser (cuantas más entradas de cine venda La niebla, más dinero recauda el Instituto, por lo cual el interés en cambiar políticas de distribución y exhibición en defensa sincera y concluyente del cine de producción nacional es casi nula).
Pensar, escribir, organizar, producir, rodar y distribuir una película nacional es una odisea en muchísimos sentidos, odisea que muchas veces no es acompañada lamentablemente de talento, creativiad, innovación o genio, pero que absolutamente bajo ningún aspecto debe ser acompañada de la marginación impuesta por políticas de cuotas de pantalla que no existen como deberían existir, o existen y no se respetan o simplemente brillan por su ausencia. ¿Qué libertad de mercado existe en el mercado si un gran porcentaje de la cantidad total de salas de cine de Argentina es ocupada por unas pocas películas extranjeras? ¿Que libertad de mercado existe en el mercado si, cuando se utilizan argumentos como los presentes, se recurre estúpidamente a la falacia de “la gente consume lo que quiere”? La gente consume lo que se le ofrece porque no tiene elección. Y la elección real la garantizan las condiciones materiales y la educación; sin ellas, sólo resta esclavitud y estupidez.
Tener Transformers o Indiana Jones o Sex and the city en varias salas de un mismo complejo de forma simultánea nos permite tener la comodidad de elegir con mayor facilidad el horario en que disfrutaremos de nuestra película preferida… Con subtítulos, doblada, con intervalos, sin intervalos, en sala grande o chica, con entradas numeradas o sin numerar, todo muy lindo. Pero, ¿quién piensa en que el cine es una forma artística y que, como tal, debe ser protegida soberanamente por el Estado para que no desaparezca frente a intereses económicos que sólo buscan, precisamente, réditos económicos? Pueden contestar que el Estado está presente a través del Instituto de Cine, pero yo les diré que eso es mentira. Que todo es burocracia, negocios, facturación y amistades de turno.
Quizás algún día entendamos, todos los argentinos, que una expresión artística como el cine no sólo es un entretenimiento pasatista para deglutir pochoclos o ignacios con queso, sino una de las tantas formas de identidad que debe tener –siempre– un pueblo que quiere ser libre. Porque sin libertad, claro, sólo resta esclavitud y estupidez (enmascaradas muchas veces bajo el seudónimo de “felicidad televisiva”).


